La Comunidad Europea y Latinoamericana de Capital Humano

TRABAJA CON TU LENGUAJE. DISTINCIONES: PODER VS. AUTORIDAD
CÁTEDRA TRANSFORMACIÓN COLABORATIVA

Javier González de Herrera

“Nuestro lenguaje forma nuestras vidas y hechiza nuestro pensamiento”
Albert Einstein

El lenguaje nos facilita la capacidad de distinguir aquello que nombramos. Por lo tanto, cuando distinguimos algo nuevo, adquirimos un aprendizaje que amplía nuestra mirada, y que, por tanto, tiene el poder de transformar nuestras posibilidades de acción. Las distinciones que le van a permitir observar más allá de lo que ve la mayoría: una persona que es profesional de la Biología, posee distinciones sobre el las células que le permiten intervenir sobre la creación de una vacuna, interpretar una prueba diagnóstica o ampliar las posibilidades de un medicamento. Una persona que es profesional de la Aeronáutica tiene distinciones para observar el motor de un avión y poder repararlo o mejorarlo. Por lo tanto, la falta de distinciones adecuadas afecta seriamente a las posibilidades de actuación. No podemos distinguir sobre aquello que no conocemos, aquello para lo cual no tenemos una distinción lingüística, aquello, en suma, que no podemos nombrar.

Una persona del siglo XVI que se situara frente a un ordenador portátil no tendría las distinciones necesarias para nombrarlo y mucho menos para utilizarlo. Por lo tanto, sus posibilidades de acción estarían limitadas de manera determinante, y llevadas al mínimo de posibilidades.

Cuando fomentamos la transformación colaborativa, queremos utilizar herramientas que ayuden a los equipos y personas a encontrar nuevas formas de observar, de ampliar su mirada, con el fin de proporcionar nuevas opciones de acción donde antes no las veía.

Para ello, utilizamos las distinciones como herramientas de potencial intervención. Si trabajamos sobre nuestro lenguaje, sobre nuestra conversación interior y exterior, nos sorprenderemos acerca de la repercusión que el lenguaje tiene sobre nuestras acciones, sobre cómo nos limita, o nos puede impulsar. Hay palabras que utilizamos muy habitualmente, a la que le damos una determinada interpretación. Si nos detenemos sobre ellas, podemos analizar cómo me influye en significado que le doy, y cómo, si aportamos nuevos matices a ése lenguaje, a esas palabras, las posibilidades de acción pueden aumentar, y con ellas las probabilidades de mejorar nuestros resultados y experiencia. Al aportarles una nueva mirada, un matiz diferente al tradicional (para nosotros), puede potenciar una nueva reflexión, un cambio de perspectiva y, por lo tanto, acciones diferentes.

Pongamos un ejemplo. Si lidero un equipo, hay dos palabras que pueden aparecer con relativa asiduidad: poder y autoridad. ¿Qué tal si reflexionamos sobre estos nombres? ¿Es lo mismo liderar desde el poder que desde la autoridad?

Aunque suelen confundirse la autoridad con el poder, porque en definitiva son personas a las que identificamos inicialmente como “las que nos indican lo que debemos hacer”, creemos que agregar esta distinción puede enriquecer nuestro mundo del liderazgo.

Realmente la diferencia entre autoridad y poder es muy grande, y nada mejor que repasar sus definiciones para entenderlo mejor.

 

¿QUÉ ES EL PODER? El poder es la facultad de forzar a alguien a realizar nuestra voluntad, por causa de nuestra posición o fuerza, aunque esa persona no prefiera hacerlo.

 

¿QUÉ ES LA AUTORIDAD? La autoridad es la habilidad de generar confianza, respeto y admiración en los demás, de manera que su voluntad es la de seguir lo que indica el que ha generado esa autoridad, porque se cree que siguiendo su directriz o instrucción, el resultado será beneficioso.

Ghandi es un ejemplo de una persona con mucha autoridad y tal vez, aunque cuestionable, poco poder. Cuestionable porque con su autoridad consiguió tener poder. Pero como bien decíamos en la definición, fue un poder otorgado por sus seguidores.

No estamos afirmando que el poder sea algo negativo. Quizás es un punto de partida en el liderazgo empresarial (poder impuesto por el rol del puesto en la organización), puede ser por tanto un punto de apoyo inicial, pero pronto transitará a la generación o pérdida de autoridad. A veces es necesario recurrir al poder. Pero el exceso del uso de poder corroe las relaciones.

La autoridad construye relaciones. Una persona puede tener poder, pero no tener autoridad (¿algún caso que conozcas?). Una persona puede tener mucha autoridad, y no tener inicialmente ningún poder impuesto por otro. Y una persona puede tener ambas, tanto poder como autoridad, y usar el poder cuando solo lo considere necesario.

El poder hace referencia a la capacidad de sancionar, de penalizar. Tiene poder la Guardia Civil de Tráfico o el directivo ante sus empleados, pero su influencia es de corto alcance, ya que se ejerce mientras se vigila. El poder puede ser transmitido, vendido, comprado o tomado.

La autoridad nos la otorga cualquier persona que nos reconozca como referente en algo.
El poder puede dañar las relaciones, la autoridad construye relaciones.
A veces, como líderes, podemos necesitar recurrir al poder, pero debemos evaluar por qué es necesario hacerlo. Por el contrario, la autoridad ejerce una influencia de largo alcance, y es independiente de que la persona que la posee esté o no presente. Se sigue a la persona con autoridad por convencimiento.

Las cualidades de una persona que tiene autoridad son aprendidas. No nacemos con ellas, sino que las vamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida, y en mayor o menor medida, todos disponemos de ellas para ejercer el liderazgo: honestidad, compromiso, motivación, coherencia, generar confianza y otras tantas, son comportamientos, y como todos los comportamientos pueden ser elegidos.
El gran desafío de la persona que lidera es alcanzar los hábitos que le conduzcan a ganarse la autoridad de los demás. En primer lugar, identificar estos comportamientos impulsores de la autoridad, y tratar de alcanzarlos en sus acciones diarias. En segundo lugar, conocer y reconocer los comportamientos que, ejecutándolos de manera habitual, son contrarios a estas cualidades, para tratar de transformarlas en comportamientos impulsores

¿Cuáles son las cualidades de la autoridad? A veces hace falta un simple ejercicio que ya hemos realizado en numerosas oportunidades durante nuestros acompañamientos. Invitamos a un equipo a que cada miembro piense en una persona a la que le hayamos otorgado autoridad. Es decir, en una persona con influencia positiva sobre nuestra vida. Pensemos en alguien por quien estaríamos dispuestos a hacer cualquier cosa. Puede ser el cónyuge, el padre, la madre, el abuelo, la abuela, el entrenador, un jefe, un profesor, un médico, un amigo, una amiga, un líder político o religioso, etc. Al enumerar una lista de cualidades de esa persona podemos explicar por qué la hemos elegido a ella en concreto y no a otra. ¿Por qué ella y no otra despertó nuestra preferencia e interés? Reflexionemos y tratemos de especificar aquellas características que, a nuestro juicio, son esenciales para mandar con autoridad. ¿Son innatas? ¿Son adquiridas? ¿Cómo puedo adquirirlas yo?
James Hunter enumeró ocho cualidades que generan autoridad:

• Honradez
• Ser digno de confianza
• Ejemplaridad
• Estar pendiente de los demás
• Compromiso con lo acordado
• Saber escuchar
• Gestionar desde la responsabilidad sobre el compromiso acordado
• Tratar a las personas con respeto y actitud positiva.

 

¿Las compartes? Y más allá de estar de acuerdo con todas o con algunas. ¿Cuándo vas a empezar a transitar del poder a la autoridad? Tu decisión y tu plan de actuación determinará tus resultados.

 

Javier González de Herrera Carrillo
Director de la Cátedra de transformación colaborativa